
Me gusta el béisbol. Mi padre jugó de Catcher en su juventud. Yo era Short-stop en la liga petrolera cuando tenía 9 años. Ha pasado mucho tiempo y siempre pensé que ya estaba muy viejo para volver a jugar. Hasta hace unos nueve años esto parecía lógico y con eso me conformaba. Pero Jim Morris cambio por completo la contemplación de mi “retiro” de los deportes.
Con 35 años de edad, Morris entró a los anales de la historia del deporte convirtiéndose en el jugador novato más grande de la historia, al ser fichado con los Devil Rays de Tampa Bay en 1999. Jugó solo dos temporadas y lanzó en 21 partidos.
Originario de comenzó a jugar béisbol a la tierna edad de tres años. Su padre, excombatiente de la guerra de Vietnam se volvió reclutador de las fuerzas armadas y estableció a su familia en la ciudad de Texas.
Al crecer, Jim entró a la Angelo State University, pero al no tener programa de béisbol comenzó a jugar futbol americano. Con eso comenzaba a morir su sueño de ser jugador profesional de béisbol. Cuando tuvo la oportunidad se probó en distintos equipos pero al quedar relegado en el draft de jugadores de 1982 en el lugar 465° un clavo más se hundía en el ataúd de su ilusión.
Pese a no renunciar, las heridas de su hombro izquierdo en los años 80’s, hicieron a Morris pertenecer al club de los “ya merito”
¿A qué se debe que un profesor de secundaria sea contratado en las ligas mayores? Tiene talento, es cierto, pues no cualquiera puede lanzar una pelota a 98 millas por hora en una recta. Fue cuestión de honor.
En la secundaria donde daba clases de ciencias (Reagan County High School), también entrenaba al equipo juvenil de béisbol, los Búhos. El equipo en verdad era malo: no les interesaba el juego, no tenían donde entrenar ni tampoco el equipo necesario.
Para tratar de motivarlos hizo una apuesta con ellos: si ganaban el campeonato de distrito, el debía intentar jugar una vez más en las ligas mayores. Cual no sería su sorpresa al ver que los muchachos respondían y ganaban el tan ansiado torneo.
Así fue como Jim Morris entró a las pruebas con los Devil Rays. Con su poderosa recta llamo la atención de los entrenadores que se convencieron que valía la pena probarlo a nivel profesional.
Una historia motivacional de un Cenicienta en los deportes. Una enseñanza que nunca debemos olvidar: la esperanza jamás debe morir.
Con 35 años de edad, Morris entró a los anales de la historia del deporte convirtiéndose en el jugador novato más grande de la historia, al ser fichado con los Devil Rays de Tampa Bay en 1999. Jugó solo dos temporadas y lanzó en 21 partidos.
Originario de comenzó a jugar béisbol a la tierna edad de tres años. Su padre, excombatiente de la guerra de Vietnam se volvió reclutador de las fuerzas armadas y estableció a su familia en la ciudad de Texas.
Al crecer, Jim entró a la Angelo State University, pero al no tener programa de béisbol comenzó a jugar futbol americano. Con eso comenzaba a morir su sueño de ser jugador profesional de béisbol. Cuando tuvo la oportunidad se probó en distintos equipos pero al quedar relegado en el draft de jugadores de 1982 en el lugar 465° un clavo más se hundía en el ataúd de su ilusión.
Pese a no renunciar, las heridas de su hombro izquierdo en los años 80’s, hicieron a Morris pertenecer al club de los “ya merito”
¿A qué se debe que un profesor de secundaria sea contratado en las ligas mayores? Tiene talento, es cierto, pues no cualquiera puede lanzar una pelota a 98 millas por hora en una recta. Fue cuestión de honor.
En la secundaria donde daba clases de ciencias (Reagan County High School), también entrenaba al equipo juvenil de béisbol, los Búhos. El equipo en verdad era malo: no les interesaba el juego, no tenían donde entrenar ni tampoco el equipo necesario.
Para tratar de motivarlos hizo una apuesta con ellos: si ganaban el campeonato de distrito, el debía intentar jugar una vez más en las ligas mayores. Cual no sería su sorpresa al ver que los muchachos respondían y ganaban el tan ansiado torneo.
Así fue como Jim Morris entró a las pruebas con los Devil Rays. Con su poderosa recta llamo la atención de los entrenadores que se convencieron que valía la pena probarlo a nivel profesional.
Una historia motivacional de un Cenicienta en los deportes. Una enseñanza que nunca debemos olvidar: la esperanza jamás debe morir.
2 comentarios:
Me gustó el inicio y como vinculaste la anécdota a la historia. Sólo pienso que quedó muy corta.
Calif. 9.
me encanto el titulo, esta de huevos, muy buena la entrada
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